miércoles, 3 de octubre de 2012

EEUU- Obama II- Ignacio Ramonet


Le Monde Diplomatique en español- Nº: 204   Octubre  2.012

Obama II

Ignacio Ramonet
País:  Estados Unidos
Tema:  Elecciones, Personalidades, Política     


Tres elecciones decisivas se celebran en las próximas semanas cuyo resultado dibujará el nuevo rostro del mundo. La primera es la del 7 de octubre en Venezuela. Si –como lo prevén los sondeos– gana Hugo Chávez, será una gran victoria para todo el campo progresista en América Latina, y la garantía de que los cambios continuarán.
La segunda, a mediados de este mes, tiene lugar en el marco del XVIII Congreso del Partido Comunista de China, donde con casi toda seguridad, Xi Jinping será elegido nuevo secretario general del Partido, en sustitución de Hu Jintao, primer paso hacia su probable elección, dentro de unos meses, como próximo presidente de China y, en consecuencia, líder de la segunda economía mundial, de la principal potencia emergente y rival estratégico de Washington.
La tercera, el 6 de noviembre, decidirá el mantenimiento del demócrata Barack Obama en la presidencia de Estados Unidos o su sustitución por el republicano Mitt Romney. Aunque está demostrado que un cambio de mandatario no afecta demasiado al poder financiero (que es quien decide en última instancia), ni modifica las opciones estratégicas fundamentales de la potencia estadouniense, no cabe duda de que estas elecciones, en el contexto internacional actual, resultan determinantes.
A priori, Barack Obama salía con pocas esperanzas de renovar su mandato. Pero el asesinato de diplomáticos estadounidenses en Libia y los ataques contra la embajada estadounidense en Egipto el pasado 11 de septiembre –justo once años después de los atentados contra el World Trade Center en 2001– han hecho entrar de repente los temas de la política exterior en la campaña electoral. ¿Podría esto favorecer la reelección de Obama?
Ningún candidato ha ganado jamás basándose en un proyecto (o un balance) de política exterior. Sin embargo, se puede afirmar que esos trágicos sucesos recientes no han desfavorecido a Obama en la medida en que, por contraste, su rival republicano Mitt Romney dio, en esa ocasión, una imagen de político superficial e irresponsable. Muy alejada, en todo caso, de la imagen que la opinión pública tiene de un verdadero hombre de Estado.
Si añadimos a eso el efecto devastador que provocó, días después, la difusión de un vídeo “clandestino” en el cual Romney declara con desprecio que la mitad del país –los electores de Obama– se compone de “víctimas”, de “perdedores” y de “asistidos”, podemos afirmar que el presidente saliente recobra, a pocas semanas del escrutinio, posibilidades de ganar.
No era evidente. Porque, habiendo prometido mucho durante su campaña de 2008, Barack Obama decep­cionó en igual proporción. Él mismo admitó haber vendido demasiados ­sueños. Y su popularidad se despeñó ­desde muy alto. Tanto que cabe preguntarse ¿cómo un hombre que atrajo a dos millones de personas el día de su toma de posesión en Washington en enero de 2009, y que tiene más de trece millones de seguidores en Twitter, ha podido perder tan brutalmente su magia?
Intelectualmente brillante, el primer presidente negro de Estados Unidos no ha conseguido transformar su país. El dinero sigue dominando la vida política, las instituciones siguen paralizadas por los bizantinismos del Congreso, la economía sigue renqueando, y la hegemonía planetaria de Washington está más cuestionada que nunca.
También es cierto que, al llegar a la Casa Blanca, el nuevo presidente se vio enfrentado a una crisis financiera, industrial y social de una gravedad ­sólo comparable con la Gran Depresión. El país había perdido ocho millones de empleos… Sin embargo Obama dio la impresión de no darse cuenta que el navío se hundía. Siguió con su ­papel de Gran Embaucador de la campaña electoral. No vio venir el naufragio. Y falló durante la primera parte de su mandato.
Tenía que haberse apoyado en su gran popularidad para atacar –inmediatamente– los excesos irracionales de las finanzas y de la banca. Restableciendo la prioridad de la política sobre la economía. No lo hizo. Y su presidencia arrancó sobre una base errada.
Obama debió también utilizar el apoyo de la nación para golpear de inmediato al Partido Republicano y ampliar el frente de las reformas. Debió dirigirse directamente al pueblo para presionar al Congreso. Y obligarle a votar las leyes sociales y fiscales que hubiesen permitido reconstruir el Estado de bienestar y restablecer la felicidad social. Tampoco lo hizo. Escogió la prudencia. Y fue otro error.
No cabe duda que sus reformas de la sanidad y de las reglas de Wall Street han sido importantes. Pero las obtuvo muy rebajadas. La ley sobre la reforma de la sanidad se elaboró de modo muy conservador, y la consecuencia es que millones de estadounidenses han tenido que recurrir al sector privado de los seguros de salud. La reforma de las regulaciones del mercado financiero tampoco ha tenido un alcance suficiente para poner fin a las peores costumbres del sector especulativo y bancario. En fin, la Casa Blanca no promovió suficientemente el Employee Free Choice Act que hubiese garantizado a los trabajadores la posibilidad de crear más sindicatos.
Pero además, Obama había prometido cambiar el modo de funcionamiento de la vida política estadounidense, en particular en el Congreso. Igual que hizo Franklin D. Roosevelt en los años 1930, Obama debió movilizar al pueblo y utilizarlo como un arma en su combate legislativo. Tampoco lo hizo. Y acabó por parecerse a las momias políticas de Washington que tanto había criticado. Y que los ciudadanos detestan. Consecuencia: fueron los republicanos quienes se dirigieron directamente al pueblo…
En principio, los demócratas disponían de todo lo necesario para gobernar. Controlaban los poderes ejecutivo y legislativo: la presidencia, la mayoría en la Cámara de los Representantes y la mayoría en el Senado. Normalmente, el control de esas dos palancas esenciales basta para dirigir un país. Pero ya no en nuestras sociedades post-democráticas.
En realidad, a pesar de su legitimidad democrática, Obama y el Partido Demócrata, sólo disponían de una baza. Cuando hoy se necesitan al menos tres para gobernar. Le faltaban pues dos más: los grandes medios de comunicación de masas (los republicanos tienen la cadena Fox) y un poderoso movimiento popular surgido de la calle (los republicanos tienen el Tea Party). Obama y los demócratas no tenían ni los unos, ni el otro. Y constataron su impotencia…
De tal modo que –algo insólito– se vieron desbordados por la derecha en pleno periodo de crisis económica y social… La derecha estadounidense tuvo el monopolio de las manifestaciones en la calle, de las luchas contra el Gobierno y hasta de la batalla de las ideas… Consecuencia: en las elecciones de medio mandato, en noviembre de 2010, los demócratas perdieron la mayoría en la Cámara de representantes.
Hubo que esperar a los albores de la campaña electoral para que Obama entendiese por fin que debía salir del lodazal politiquero de Washington y apoyarse en una estrategia orientada hacia los movimientos populares. En Denver, en octubre de 2011 –por primera vez desde que llegó a la Casa Blanca–, Obama movilizó directamente a su base popular lanzándole una llamada de socorro: “Os necesito. Necesito que protestéis. Necesito que os movilicéis. Necesito que seáis activos. Necesito que os dirijáis al Congreso para gritarle: ‘¡Haced vuestra tarea!’”.
Esta nueva estrategia resultó eficaz. Los parlamentarios republicanos tuvieron de repente que ponerse a la defensiva. Un nuevo Obama más atacante y en plena progresión en los sondeos empezó a emerger. Y hasta tuvo nuevas audacias: se declaró en favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, y en favor de otra política hacia los inmigrantes que pusiera fin a las expulsiones indiscriminadas de los sin papeles. Su popularidad aumentaba.
Entre tanto, los republicanos elegían para representarlos en la carrera a la Casa Blanca al multimillonario Mitt Romney. Este concentró inmediatamente sus críticas contra Obama denunciando el “balance catastrófico del mandato” del presidente: 23 millones de parados o precarios; un déficit presupuestario nunca visto en Estados Unidos; y una deuda nacional en aumento del 50% en cuatro años y equivalente al PIB estadounidense.
Romney confiaba en unas encuestas según las cuales el 54% de los electores declaraban que Obama no merecía un segundo mandato; y un 52% estimaban que vivían “peor hoy que hace cuatro años”.
El candidato republicano no paraba de repetir eso a lo largo de su campaña. Olvidándose de señalar que los sondeos también decían que el propio Romney no conseguía convencer a los electores de su sinceridad y de su interés por la gente. Las encuestas también revelaban que una mayoría de estadounidenses estaba de acuerdo con Obama sobre casi todos los grandes problemas: desde la reforma de la sanidad hasta la política fiscal. En cualquier caso, pensaban que Barack Obama los defendería mejor que Mitt Romney.
Este tuvo entonces la idea de designar al muy conservador Paul Ryan –presidente de la ­Comisión del presupuesto de la Cámara de Representantes– ­como candidato a la vicepresidencia. Cosa que estimuló a Obama porque, a partir de ese momento, decidió invertir los papeles habituales de una campaña presidencial. Se plantó en opositor ofensivo en vez de defender su balance. Ya no fue él quien se justificó por sus dificultades para relanzar la economía, sino que obligó a los republicanos a explicar su impopular plan de recortes del presupuesto nacional, su promesa de “reducción de los impuestos de los millonarios” y de supresión de las ayudas a las familas modestas. De ese modo, Obama se transformaba en campeón de las clases medias, segmento principal de la población estadounidense y por consiguiente del electorado.
Hecho significativo, en su discurso del 6 de septiembre pasado ante la Convención demócrata, el presidente no defendió su balance, excepto en política exterior. Recordó la muerte de Osama Ben Laden, la retirada militar de Irak y su decisión de retirar las tropas también de Afganistán.
Habría mucho que decir sobre el balance de su política exterior que es globalmente muy decepcionante. Tanto en América Latina (Cuba, Venezuela, golpes de Estado en Honduras y Paraguay, etc.) como en Oriente Próximo (primaveras árabes, Libia, Siria, Irán, Palestina…). Pero, ya lo hemos dicho, el resultado de la elección no lo determinará la política exterior.
Todo se jugará sobre las cuestiones económicas y sociales. Y éstas, en los últimos meses, han mejorado netamente. El crecimiento, por ejemplo, vuelve a ser positivo (+0,4% de media por trimestre). La situación del empleo ha mejorado mucho (un millón de empleos creados en los últimos seis ­meses). Salvada de la quiebra gracias al Estado, la General Motors ha recuperado el primer puesto (en vez de Toyota) en la lista de los principales fabricantes de automóviles del mundo. La construcción de viviendas también va mejor. La Bolsa ha progresado más de un 50% desde 2009. Y el consumo de los hogares vuelve a estar en alza.
¿Será esta reciente mejoría suficiente para garantizar la reelección de Barack Obama?

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Venezuela- Chávez en campaña- Ignacio Ramonet


Le Monde Diplomatique en español- Nº: 202   Agosto  2.012

Chávez en campaña

Ignacio Ramonet
País:  Venezuela
Tema:  Elecciones, Socialismo
  
   Es la decimocuarta. Desde que ganó sus primeras elecciones presidenciales en diciembre de 1998, Hugo Chávez se ha sometido ya –directa o indirectamente– trece veces al sufragio de los electores de Venezuela. Casi siempre ha ganado (1), en condiciones de reconocida legalidad democrática, avalada por las misiones de observadores enviadas por las instituciones internacionales más exigentes (ONU, Unión Europea, Centro Carter, etc.). 

El sufragio del próximo 7 de octubre constituirá pues la decimocuarta cita del mandatario con los ciudadanos venezolanos (2). Esta vez, lo que se juega es su reelección a la presidencia. La campaña electoral oficial arrancó el pasado 1 de julio con dos singularidades notables con respecto a precedentes votaciones. Primero, Hugo Chávez está saliendo de trece meses de tratamiento contra el cáncer detectado en junio de 2011. Segundo, la principal oposición conservadora apuesta esta vez por la unidad. Se ha reagrupado en el seno de una Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que, después de unas primarias, eligió como candidato, el pasado 12 de febrero, a Henrique Capriles Radonski, un abogado de 40 años, gobernador del Estado Miranda.
   Hijo de una de las familias más ricas de Venezuela, Henrique Capriles fue uno de los artífices del golpe de Estado del 11 de abril de 2002 y participó, junto con un grupo de putschistas, en el asalto a la embajada de Cuba en Caracas (3). Aunque procede de la organización ultraconservadora Tradición, Familia y Propiedad (4) y es apoyado por los sectores más derechistas (entre ellos los medios masivos de comunicación privados que siguen ­dominando ampliamente la información), Capriles hace hábilmente campaña reivindicando todos los logros sociales del gobierno bolivariano. Y hasta jura que su modelo político es el izquierdista del ex Presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva (5)... Pero, sobre todo, apuesta por el debilitamiento físico del Presidente ­Chávez (6).
  En esto se equivoca. El autor de estas líneas, presente el pasado mes de julio en Venezuela, siguió las dos primeras semanas de campaña del Presidente, conversó varias veces con él, asistió a algunos de sus extenuantes mítines multitudinarios. Y puede testimoniar de su buena salud y de su excepcional forma física e intelectual. 
   Desmintiendo las falsas noticias que han circulado en algunos medios de comunicación (The Wall Street Journal, El País) según los cuales, a causa de supuestas “metástasis en los huesos y en la espina dorsal”, le quedarían apenas “seis o siete meses de vida”, Chávez –que cumplió 58 años el 28 de julio– reveló para consternación de sus adversarios: “Estoy totalmente libre de enfermedad; cada día me siento en mejores condiciones”. 
   Y, a los que apostaban por una presencia virtual del líder venezolano en la campaña, les volvió a sorprender anunciando su decisión de “retomar las calles” y empezar a recorrer los rincones de Venezuela para alcanzar su tercer mandato: “Dijeron de mí: ‘Ese va a estar encerrado en Miraflores (el palacio presidencial) en una campaña virtual, por Twitter y vídeo’; se burlaron de mí como les dio la gana, pues aquí estoy de nuevo, retornando, con la fuerza indómita del huracán bolivariano. Ya extrañaba yo el olor de las multitudes y el rugir del pueblo en las calles”.
   Este rugir, pocas veces lo he oído tan poderoso y tan fervoroso ­como en las avenidas de Barcelona (Estado ­Anzoátegui) y de Barquisimeto (Estado Lara) que acogieron a Chávez los ­pasados días 12 y 14 de julio respectivamente. Un océano de pueblo. Una torrentera escarlata de banderas, de símbolos y de camisas rojas. Un maremoto de gritos, de cantos, de pasiones, de arrebatos. 
   A lo largo de kilómetros y kilómetros, en lo alto de un camión colorado que avanzaba hendiendo la multitud, Chávez saludó sin descanso a los centenares de miles de simpatizantes que acudieron a verle en persona por vez primera desde su enfermedad. Con lágrimas de emoción y besos de agradecimiento hacia un hombre y un gobierno que, respetando las libertades y la democracia, han cumplido con los humildes, pagado la deuda ­social y dado a todos, por fin, educación gratuita, empleo, seguridad social y vivienda.
   Para despojar a la oposición de la mínima esperanza, Chávez, en los largos discursos electorales que pronunció sin dar muestras de fatiga, empezó diciendo: “Soy como el eterno ­retorno de Nietzsche, porque en realidad yo vengo de varias muertes... Que nadie se haga ilusiones, mientras Dios me dé vida estaré luchando por la justicia de los pobres, pero cuando yo me vaya físicamente me quedaré con ustedes por estas calles y bajo este cielo. Porque yo ya no soy yo, me siento encarnado en el pueblo. Ya Chávez se hizo pueblo y ahora somos millones. Chávez eres tú, mujer. Chávez eres tú, joven, Chávez eres tú, niño; eres tú, soldado; son ustedes, pescadores, agricultores, campesinos y comerciantes. Pase lo que me pase a mí, no podrán con Chávez, porque Chávez es ahora todo un pueblo invencible”.
 En sus intervenciones, no dudó incluso en criticar duramente a algunos gobernadores y alcaldes de su propio partido que han fallado en sus compromisos con los electores: “Me he convertido en el primer opositor”, declaró. Aunque también advirtió: “Uno puede criticar a la revolución, pero no puede votar a la burguesía; eso sería traición. A veces podemos fallar, pero tenemos en el corazón amor de verdad por el pueblo”.
 Orador fuera de serie, sus discursos son amenos y coloquiales, ilustrados de anécdotas, de rasgos de humor y hasta de canciones. Pero son también, aunque no lo parezcan, verdaderas composiciones didácticas muy elaboradas, muy estructuradas, preparadas de manera muy seria y profesional, con objetivos concretos. Se trata, en general, de transmitir una idea central que constituye la avenida principal de su recorrido discursivo. En esta campaña va exponiendo y explicando metódicamente su programa (7). 
 Pero, para no aburrir, ni ser pesado, Chávez se aparta a menudo de esa avenida principal y realiza lo que podríamos llamar excursiones en campos anexos (anécdotas, recuerdos, chistes, poemas, coplas) que no parecen tener nexo con su propósito central. Sin embargo, siempre lo tienen. Y eso le permite al orador, después de haber aparentemente abandonado por bastante tiempo su curso central, regresar a él y retomarlo en el punto exacto donde lo dejó.  Lo cual, de modo subliminal, produce un prodigioso efecto de admiración en el auditorio. Esa técnica retórica le permite declamar discursos de muy larga duración.
 En sus recientes discursos electorales, Chávez compara las políticas de demolición del ­Estado de bienestar (cita, en particular, los brutales recortes realizados por Mariano Rajoy en España) que se están llevando a cabo en varios países de la Unión Europea y los importantes logros sociales de su gobierno empeñado en seguir “construyendo el socialismo venezolano”.
 En sus catorce años de existencia (1999-2012), la Revolución Bolivariana ha conseguido, en el ámbito regional, considerables avances: creación de Petrocaribe, de Petrosur, del Banco del Sur, del ALBA, del Sucre (sistema único de compensación regional), de la Unasur, de la Celac, el ingreso de Caracas en el Mercosur... Y tantas otras políticas que han hecho de la Venezuela de Hugo Chávez un manantial de innovaciones para avanzar hacia la definitiva independencia de América Latina.
 Aunque agresivas campañas de propaganda pretenden que, en la Venezuela bolivariana, los medios de comunicación están controlados por el Estado, la realidad –verificable por cualquier testigo de buena fe– es que apenas un 10% de las emisoras de radio son públicas, el resto, o sea el 90%, son privadas. Y únicamente el 12% de los canales de televisión son públicos, el resto, o sea un 88%, son privados o comunitarios. En cuanto a la prensa escrita, los principales diarios El Universal y El Nacional, son privados y sistemáticamente hostiles al Gobierno.
 La gran fuerza del Presi­dente Chávez es que su acción ­concierne ante todo a lo social (salud, alimentación, educación, vivienda), lo que más interesa a los venezolanos humildes (75% de la población). Consagra el 42,5% del presupuesto del Estado a las inversiones sociales. Ha dividido por la mitad la tasa de mortalidad infantil. Erradicado el analfabetismo. Ha multiplicado por cinco el número de maestros en las escuelas públicas (de 65.000 a 350.000). Venezuela es hoy el segundo país de la región con mayor número de estudiantes matrículados en educación superior (83%), detrás de Cuba pero delante de Argentina, Uruguay y Chile; y es el quinto a ­escala mundial superando a Estados Unidos, Japón, China, Reino Unido, Francia y España.
 El gobierno bolivariano ha generalizado la sanidad y la educación gratuitas; ha multiplicado la construcción de viviendas; ha elevado el salario mínimo (el más alto de América Latina); ha concedido pensiones de jubilación a todos los trabajadores (incluso a los informales y a las amas de casa) y a todos los ancianos pobres aunque nunca hayan cotizado; ha mejorado las infraestructuras de los hospitales; ofrece a las familias modestas alimentos, mediante el sistema Mercal, un 60% más baratos que en los supermercados privados; ha limitado el latifundio a la vez que favorece la producción del doble de toneladas de alimentos; ha formado técnicamente a millones de trabajadores; ha reducido las desigualdades; ha rebajado en más del triple la pobreza; ha disminuido la deuda externa; ha acabado con la antiecológica pesca de arrastre; ha impulsado el ecosocialismo... 
 Todas estas acciones, llevadas a cabo desde hace casi 14 años de manera ininterrumpida, explican el apoyo popular a Chávez, el cual promete en su campaña: “Todo lo que hemos hecho es pequeño con respecto a lo que vamos a hacer”.
 He sido testigo de que millones de personas humildes lo ­veneran como a un santo. Él  –que fue un niño muy pobre, vendedor ambulante de dulces por las calles de su pueblo–, repite con calma: “Soy el candidato de los humildes, y me consumiré al servicio de los ­pobres”. Seguramente lo hará. Una vez, la escritora Alba de Céspedes le preguntó a Fidel Castro cómo podía haber hecho tanto por su pueblo: educación, salud, reforma agraria, etc. Y Fidel simplemente le dijo: “Con gran amor”. A propósito de ­Venezuela, Chávez podría responder lo mismo. ¿Y qué ­contestarán los electores venezolanos? Respuesta el 7 de ­octubre. 



(1) Sólo perdió, por ínfimo márgen, el referéndum del 2 de diciembre de 2007 sobre un “proyecto de reforma constitucional”.
(2) Además de Hugo Chávez,  otros seis candidatos se presentan a las eleciones del 7 de octubre: Henrique Capriles Radonski, por  Mesa de la Unidad (MUD), Orlando Chirinos, por el Partido Socialismo y Libertad (PSL), Yoel Acosta Chirinos por el partido Vanguardia Bicentenaria Republicana (VBR), Luis Reyes Castillo por la “Organización Renovadora Auténtica” (ORA), María Bolívar por el Partido Democrático Unidos por la Paz y la Libertad (Pdupl) y Reina Sequera por el partido Poder Popular (PP).
(3) Léase Gilberto Maringoni, “En Venezuela, Chávez sigue favorito”, Le Monde diplomatique en español, mayo de 2012. Léase también: Romain Mingus, “Henrique Capriles, candidat de la droite décomplexée du Venezuela”, Mémoire des luttes, 28 de febrero de 2012. http://www.medelu.org/Henrique-Capriles-candidat-de-la
(4) Fue cofundador de su rama venezolana.
(5) Lula le envió, el pasado 6 de julio, a Chávez, un mensaje público en el que le aportó pleno apoyo en su campaña electoral, afirmando: “Tu victoria será nuestra victoria”.
(6) A mediados de julio pasado, las principales encuestas de opinión daban un ventaja a Chávez de entre 15 a 20 puntos sobre el candidato de la derecha Henrique Capriles.
(7) Propuesta del candidato de la patria Comandante Hugo Chávez para la gestión bolivariana socialista 2013-2019, Comando Campaña Carabobo, Caracas, junio de 2012.


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UE- Otoño caliente- Ignacio Ramonet


Le Monde  Diplomatique en español
- Nº: 203   Septiembre  2.012

Otoño caliente

Ignacio Ramonet
País:  Global
Tema:  Crisis económica, Reformas económicas, Democracia, Movimiento social     

Como si las vacaciones de verano fuesen un manto de olvido que disipase la brutalidad de la crisis, los medios de comunicación han tratado de distraernos con dosis masivas de embrutecimiento colectivo: Eurocopa de fútbol, Juegos Olímpicos, aventuras estivales de ‘famosos’, etc. Desean hacernos olvidar que una nueva andanada de recortes se avecina y que el segundo rescate de España será socialmente más lastimoso… Pero no lo han conseguido. Entre otras razones, porque los audaces aldabonazos de Juan Manuel Sánchez Gordillo y el Sindicato Andaluz de Trabajadores (SAT) han roto el conjuro y mantenido la alerta social. El otoño será caliente.
  En una conversación pública mantenida en agosto pasado (1) con el filósofo Zygmunt Bauman coincidíamos en la necesidad de romper con el pesimismo imperante en nuestra sociedad desengañada del modo tradicional de hacer política. Debemos dejar de ser sujetos individuales y aislados, y convertirnos en agentes del cambio, en activistas sociales interconectados. “Tenemos el deber de tomar el control de nuestras propias vidas –afirmó Bauman–. Vivimos un momento de grave incertidumbre donde el ciudadano no sabe realmente quién está al mando, y esto hace que perdamos la confianza en los políticos y en las instituciones tradicionales. El efecto en la población es una situación constante de miedo, de inseguridad… Los políticos sugestionan a los ciudadanos para que siempre tengan miedo, y así poder controlarlos, constreñir sus derechos y limitar las libertades individuales. Estamos en un momento muy peligroso, porque las consecuencias de todo esto afectan nuestra vida diaria: nos repiten que debemos tener seguridad en el trabajo, mantenerlo a pesar de las duras condiciones de empleo y de precariedad, porque así obtendremos dinero para poder gastar... El miedo es una forma de control social muy poderosa”.
 Si el ciudadano ya no sabe quién está al mando es porque se ha producido una bifurcación entre poder y política. Hasta hace poco, política y poder se confundían. En una democracia, el candidato (o la candidata) que, por la vía política, conquistaba electoralmente el poder Ejecutivo, era el único que podía ejercerlo (o delegarlo) con toda legitimidad. Hoy, en la Europa neoliberal, ya no es así. El éxito electoral de un Presidente no le garantiza el ejercicio del poder real. Porque, por encima del mandatario político, se hallan (además de Berlín y Angela Merkel) dos supremos poderes no electos que aquél no controla y que le dictan su conducta: la tecnocracia europea y los mercados financieros.
  Estas dos instancias imponen su agenda. Los eurócratas exigen obediencia ciega a los tratados y mecanismos europeos que son, genéticamente, neoliberales. Por su parte, los mercados sancionan cualquier indisciplina que se desvíe de la ortodoxia ultraliberal. De tal modo que, prisionero del cauce de esas dos rígidas riberas, el río de la política avanza obligatoriamente en dirección única sin apenas margen de maniobra. O sea: sin poder.
   “Las instituciones políticas tradicionales son cada vez menos creíbles –dijo Zygmunt Bauman– porque no ayudan a solucionar los problemas en los que los ciudadanos se han visto envueltos de repente. Se ha producido un colapso entre las democracias (lo que la gente ha votado), y los dictados impuestos por los mercados, que engullen los derechos sociales de las personas, sus derechos fundamentales”.
  Estamos asistiendo a la gran batalla del Mercado contra el Estado. Hemos llegado a un punto en que el Mercado, en su ambición totalitaria, quiere controlarlo todo: la economía, la política, la cultura, la sociedad, los individuos… Y ahora, asociado a los medios de comunicación de masas que funcionan como su aparato ideológico, el Mercado desea también desmantelar el edificio de los avances sociales, eso que llamamos: “Estado de bienestar”. 
  Está en juego algo fundamental: la igualdad de oportunidades. Por ejemplo, se está privatizando (o sea: transfiriendo al mercado) de forma silenciosa la educación. Con los recortes, se va a crear una educación pública de bajo nivel en el que las condiciones de trabajo estructuralmente van a ser difíciles, tanto para los profesores como para los alumnos. La enseñanza pública va a ­tener cada vez más dificultades para favorecer la emegencia de jóvenes de origen humilde. En cambio, para las familias acomodadas, la enseñanza privada va a conocer seguramente un auge mayor. Se van a crear de nuevo unas categorías sociales privilegiadas que accederán a los puestos de mando del país. Y otras, de segunda categoría, que sólo tendrán acceso a los puestos de obediencia. Es intolerable.
   En ese sentido, la crisis probablemente actúa como el shock, del que habla la socióloga Naomi Klein en su libro La Doctrina del shock (2): se utiliza el desastre económico para permitir que la agenda del neoliberalismo se realice. Se han creado mecanismos para tener vigiladas y bajo control a las democracias nacionales, para poder aplicar (como está pasando en España y pasó antes en Irlanda, Portugal o Grecia) feroces programas de ajuste vigilados por una ­nueva autoridad: la troika que ­forman el Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo; unas instituciones no democráticas cuyos miembros no son elegidos por el pueblo. Instituciones que no representan a los ciudadanos. 
   Y sin embargo, esas instituciones –con el apoyo de unos medios de comunicación de masas que obedecen a los intereses de grupos de presión económicos, financieros e industriales– son las encargadas de crear las herramientas de control que reducen la democracia a un teatro de sombras y de apariencias. Con la complicidad complaciente de los grandes partidos de gobierno. ¿Qué diferencia hay entre la ­política de recortes de Rodríguez Zapatero y la de Mariano Rajoy? Muy poca. Ambos se han ­inclinado servilmente ante los especuladores financieros y han obedecido ciegamente a las consignas eurocráticas. Ambos han liquidado la soberanía nacional. Ninguno de los dos tomó decisión política alguna para ponerle freno a la irracionalidad de los mercados. Ambos consideraron que, ante los dictados de Berlín y el ataque de los especuladores, la única solución consiste –a semblanza de un rito antiguo y cruel– en sacrificar a la población como si el tormento inflingido a las sociedades pudiera calmar la codicia de los mercados.
  En semejante contexto, ¿tienen los ciudadanos la posibilidad de reconstruir la política y de regenerar la democracia? Sin duda. La protesta social no cesa de amplificarse. Y los movimientos sociales reivindicativos se van a multiplicar. Por ahora, la sociedad española aún cree que esta crisis es un accidente y que las cosas volverán pronto a ser como eran. Es un espejismo. Cuando tome conciencia de que eso no ocurrirá y de que estos ajustes no son “de crisis” sino que son estructurales, que ­vienen para quedarse definitivamente, entonces la protesta social alcanzará probablemente un nivel importante. 
 ¿Qué exigirán los protestatarios? Nuestro amigo Zygmunt Bauman lo tiene claro: “Debemos construir un nuevo sistema político que permita un nuevo modelo de vida y una nueva y verdadera democracia del pueblo”. ¿A qué esperamos?

(1) En el marco del Foro Social organizado en el seno del Festival Rototom Sunsplash en Benicàssim (Castellón) del 16 al 23 de agosto de 2012. www.rototomsunsplash.com/es

(2) Naomi Klein, La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre, Paidós, Barcelona, 2007.

http://www.monde-diplomatique.es/?url=editorial/0000856412872168186811102294251000/editorial//?articulo=52f19fba-7646-4c42-a13a-8370d038d599


EL SALVADOR:Unicef denuncia el asesinato de casi 1.500 niños en 2010-2012

3-x-12 Alianza x tus derechos

Por EFE
El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) denunció hoy que al menos 1.494 menores de edad fueron asesinados en El Salvador entre 2010 y el primer semestre de este año.
En 2010 tuvimos 981 infanticidios, o sea niñas y niños que fueron asesinados; 323 en 2011 y en el primer semestre de (este año) 190 homicidios de niña, niños o adolescentes, según datos de la Policía Nacional Civil”, indicó el representante de Unicef en el país, Gordon Jonathan Lewis.
“Seis (niños) fueron víctimas de homicidios cada semana durante 2011”, agregó Lewis, durante una conferencia realizada en el marco del Día del Niño, que este lunes se celebra en El Salvador.
La violencia en la niñez en El Salvador ciertamente es mucho más aguda que en muchos otros países de América Latina y el Caribe”, destacó.
Los homicidios en este país son atribuidos principalmente a las pandillas o maras, que desde marzo pasado mantienen una “tregua”, para que sus miembros no se maten entre sí, lo que ha permitido disminuir el promedio diario de homicidios de 14 a cuatro, según las autoridades de seguridad.
Sin embargo, persisten los asesinatos por otras causas, como la violencia intrafamiliar, como ocurrió en septiembre en los departamentos de La Paz y Cuscatlán (centro), donde dos bebés, de dos y diez meses, fueron asesinados por sus propios padres.
El bebé de dos meses fue asesinado junto a su madre, de unos 22 años.
Lewis indicó que, pese a los avances de El Salvador en la protección de la niñez, persisten obstáculos, como la violencia, que impiden el pleno goce de sus derechos.
“La violencia es un fenómeno que afecta a todas las niñas, niños y adolescentes; sin embargo, la carrera de obstáculos para las niñas es peor todavía y es mucho más severa que la carrera de obstáculos para los niños”, destacó.
Señaló que, en promedio, en el país “cada 22 minutos una adolescente da a luz” y que 1.473 niñas y adolescentes abandonaron la escuela por embarazo en 2010.
La gran mayoría de estos embarazos son resultados de un acto sexual no deseado y no iniciado por la niña”, enfatizó, al tiempo que indicó que el 50 % de los suicidios en adolescentes “ocurren durante el embarazo”.
Otros obstáculos que enfrentan las menores de edad son: la desintegración familiar, el limitado acceso a la educación y la pobreza, según el Unicef.
Unos 912.810 menores de edad salvadoreños viven sin su padre, sin su madre, o sin ambos, precisó Lewis, que también destacó que siete de cada diez niñas y niños sufren distintos tipos de violencia en su propia casa.
Más de 400.000 niños viven en hogares donde un familiar ha emigrado a otro país, detalló.
En cuanto a la educación, aunque la tasa de escolaridad primaria ha pasado de 86 % a un 94 %, al menos 395.548 menores de 18 años no asisten a la escuela, dijo Lewis.
En 2010 unos 86.102 estudiantes desertaron del sistema educativo, según los datos del Unicef.
Debido a la pobreza de sus familias, 188.343 menores entre los 5 y 17 años de edad trabajan en El Salvador, donde uno de cada dos niños son pobres, añadió.
La tasa de mortalidad en el 20 % de hogares más ricos del país es de 6 por cada 1.000 nacidos vivos, mientras que en el 20 % más pobres es de 29.
En un país de 6,1 millones de habitantes, la niñez representa el 40 % de la población, cerca de 2,5 millones de salvadoreños, de los cuales 1.229.833 son niños y 1.226.753 son niñas.
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