Europa debe aceptar los nuevos refugiados hijos del
capitalismo global y herederos del colonialismo, pero a la vez debe
fijar reglas claras que privilegien el estilo de vida europeo.
En su
clásico estudio La muerte y los moribundos, Elisabeth Kübler-Ross
propuso el famoso esquema de las cinco etapas de cómo reaccionamos al
enterarnos de que tenemos una enfermedad terminal: la negación (uno
simplemente se niega a aceptar el hecho: “Esto no puede estar pasando,
no a mí”); ira (que explota cuando ya no podemos negar el hecho: “¿Cómo
puede sucederme esto”); negociación (la esperanza de que de alguna
manera podemos posponer o disminuir el hecho: “Déjame vivir para ver a
mis hijos graduarse.”) depresión (desinversión libidinal: “Me voy a
morir, así que ¿por qué molestarme con todo esto?”); aceptación (“No
puedo luchar contra ella, más vale que me prepare para ella.”) Más
tarde, KüblerRoss aplicó estas etapas a cualquier forma de pérdida
catastrófica personal (falta de trabajo, la muerte de un ser querido, el
divorcio, la adicción a las drogas), y también hizo hincapié en que no
necesariamente vienen en el mismo orden, ni son experimentadas las cinco
etapas por todos los pacientes.
¿No es la reacción de la opinión pública y de las autoridades en
Europa occidental al flujo de refugiados de Africa y Medio Oriente una
combinación similar de reacciones dispares? Existe (cada vez menos) la
negación: “No es tan grave, ignorémoslo”. Está la ira: “Los refugiados
son una amenaza para nuestra forma de vida, entre ellos se ocultan los
fundamentalistas musulmanes. ¡Deben ser detenidos a toda costa!”. Hay
negociación: “OK, establezcamos cuotas y apoyemos los campos de
refugiados en sus propios países!”. Existe la depresión: “¡Estamos
perdidos, Europa se está convirtiendo en Europastan!”. Lo que falta es
la aceptación, la cual, en este caso, significaría un plan consistente
de toda Europa para tratar con los refugiados.
Entonces, ¿qué hacer con los cientos de miles de personas
desesperadas que esperan en el norte de Africa, escapando de la guerra y
el hambre, tratando de cruzar el mar para encontrar refugio en Europa?
Hay dos respuestas principales. Los liberales de izquierda expresan su
indignación por cómo Europa está permitiendo que miles de personas se
ahoguen en el Mediterráneo –su idea es que Europa debe mostrar su
solidaridad abriendo sus puertas de par en par–. En cambio los
populistas antiinmigrantes afirman que debemos proteger nuestra forma de
vida y dejar que los africanos resuelvan sus propios problemas. Ambas
soluciones son malas, ¿pero qué es peor? Parafraseando a Stalin, los dos
son peores. Los mayores hipócritas son los que defienden la apertura de
fronteras: en secreto saben muy bien que esto nunca va a pasar, ya que
daría lugar a una revuelta populista instantánea en Europa. Actúan el
Alma Bella que se siente superior al mundo corrupto mientras
secretamente participan en él.
El populista antiinmigrante también sabe muy bien que, abandonados a
sí mismos, los africanos lograrán cambiar sus sociedades –¿por qué no?
Porque nosotros, los europeos occidentales, estamos impidiendo que
lo hagan. Fue la intervención europea en Libia, la que arrojó al país en
el caos. Fue el ataque estadounidense a Irak, el que creó las
condiciones para el surgimiento del Estado Islámico (EI). La guerra
civil en curso en la República Centroafricana entre el sur cristiano y
el norte musulmán no es sólo una explosión de odio étnico, fue provocada
por el descubrimiento de petróleo en el norte: Francia (vinculada con
los musulmanes) y China (vinculada a los cristianos) luchan por el
control de los recursos petroleros a través de sus representantes.
Pero el caso más claro de nuestra culpa es el Congo de hoy que está
surgiendo de nuevo como el “corazón de las tinieblas” africano. El
artículo de portada de la revista Time el 5 de junio de 2006 se tituló
“La guerra más mortal en el mundo” –una investigación detallada sobre
cómo como alrededor de cuatro millones de personas murieron en el Congo
resultado de la violencia política durante la última década. Ninguno de
los habituales alborotos humanitarios le siguió, como si algún tipo de
mecanismo de filtración hubiera bloqueado esta noticia para que no
alcanzara pleno impacto–. Para decirlo cínicamente. El tiempo había
elegido a la víctima equivocada en la lucha por la hegemonía en el
sufrimiento –debería haberse mantenido con la lista de sospechosos de
siempre–: las mujeres musulmanas y su difícil situación, la opresión en
el Tíbet... ¿Por qué esta ignorancia?
En 2001, una investigación de la ONU sobre la explotación ilegal de
los recursos naturales en el Congo encontró que el conflicto en el país
es principalmente sobre el acceso, el control y el comercio de cinco
recursos minerales clave: coltán, diamantes, cobre, cobalto y oro. Bajo
la fachada de la guerra étnica, discernimos el funcionamiento del
capitalismo global. El Congo ya no existe como un Estado unido; se trata
de una multiplicidad de territorios gobernados por los señores de la
guerra locales que controlan su pedazo de tierra con un ejército que,
por regla general, incluye niños drogados. Cada uno de estos señores de
la guerra tiene vínculos comerciales con una empresa extranjera o
corporación que explota sobre todo la rica minería en la región. La
ironía es que muchos de estos minerales se utilizan en productos de alta
tecnología, como laptops y teléfonos celulares.
Así que olvídense de la conducta salvaje de la población local,
simplemente quiten las empresas de alta tecnología extranjeras de la
ecuación y todo el edificio de la guerra étnica alimentada por viejas
pasiones se desmorona. Aquí es donde deberíamos empezar si realmente
queremos ayudar a los africanos y detener el flujo de refugiados. Lo
primero es recordar que la mayoría de los refugiados proceden de los
“estados fallidos”, donde la autoridad pública es más o menos inoperante
por lo menos en grandes extensiones (Siria, Líbano, Irak, Libia,
Somalia, Congo...). Esta desintegración del poder del Estado no es un
fenómeno local, sino consecuencia de la economía y la política
internacional, y en algunos casos, como Libia e Irak, incluso un
resultado directo de la intervención occidental. Está claro que este
aumento de “estados fallidos” no es una desgracia no intencionada, sino
también una de las formas en que las grandes potencias ejercen su
colonialismo económico. Uno también debería notar que las semillas de
los “estados fallidos” de Medio Oriente hay que buscarlas en las
fronteras arbitrarias dibujadas después de la Primera Guerra Mundial por
el Reino Unido y Francia, que crearon una serie de estados
“artificiales”: el Estado Islámico, al juntar a los sunnitas en Siria e
Irak, en última instancia, está uniendo lo que fue desgarrado por los
amos coloniales.
No podemos dejar de señalar el hecho de que algunos países no
demasiado ricos de Medio Oriente (Turquía, Egipto, Irán, etc.) están
mucho más abiertos a los refugiados que los realmente ricos (Arabia
Saudita, Kuwait, Emiratos, Qatar...). Arabia Saudita y Emiratos no
reciben refugiados, aunque son vecinos de la crisis, así como ricos y
culturalmente mucho más cerca de los refugiados (que son en su mayoría
musulmanes) que Europa. Arabia Saudita incluso devolvió algunos
refugiados musulmanes de Somalia –todo lo que hizo fue contribuir con
280 millones de dólares como apoyo a la educación de los refugiados–.
¿Es esto porque Arabia Saudita es una teocracia fundamentalista que no
puede tolerar ningún intruso extranjero? Sí, pero también hay que tener
en cuenta que en lo económico esta misma Arabia Saudita está totalmente
integrada a occidente. ¿O no son Arabia Saudita y los Emiratos, desde el
punto de vista económico, puestos de avanzada del capital occidental,
estados que dependen totalmente de sus ingresos petroleros? La comunidad
internacional debería ejercer una fuerte presión sobre Arabia Saudita
(y Kuwait y Qatar, y...) para que cumplan con su deber en la aceptación
de un gran contingente de los refugiados, sobre todo porque, por la
forma en que apoyó a los rebeldes antiAssad, Arabia Saudita es en gran
parte responsable de la situación en Siria.
Nueva esclavitud
Otra de las características que comparten estos países ricos es el
surgimiento de una nueva esclavitud. El capitalismo se legitima como el
sistema económico que implica y promueve la libertad personal (condición
necesaria para que funcione el mercado). Pero genera esclavitud, como
parte de su propia dinámica: aunque la esclavitud fue casi extinta a
fines de la Edad Media, explotó en las colonias desde la temprana
modernidad hasta la guerra civil de Estados Unidos. Y uno puede
arriesgar la hipótesis de que hoy, con el surgimiento del capitalismo
global, una nueva era de la esclavitud está emergiendo. A pesar de que
ya no existe la figura legal del esclavo, la esclavitud adquiere una
multitud de nuevas formas: millones de trabajadores inmigrantes en la
península de Arabia (los Emiratos, Qatar, etc.) están de facto privados
de derechos y libertades civiles elementales; otros millones de
trabajadores son explotados en fábricas asiáticas organizadas
directamente como campos de concentración; en muchos estados del Africa
Central (Congo, etc.) se hace uso masivo del trabajo forzoso para la
explotación de recursos naturales. Pero no hace falta mirar tan lejos.
El 1º de diciembre de 2013, al menos siete personas murieron cuando una
fábrica de ropa de capitales chinos en una zona industrial en la ciudad
italiana de Prato, a 10 kilómetros del centro de Florencia. Se incendió
un domingo, matando a los trabajadores atrapados en un improvisado
dormitorio de cartón construido en el lugar. El accidente se produjo en
el distrito industrial Macrolotto de la ciudad, conocido por su gran
número de fábricas de ropa. Riberto Pistonina, un sindicalista local
comentó: “Nadie puede decir que está sorprendido por esto, porque todo
el mundo supo durante años que, en la zona entre Florencia y Prato,
cientos sino miles de personas están viviendo y trabajando en
condiciones de casi esclavitud”. Sólo en Prato hay al menos 15.000
trabajadores registrados legalmente, en una población total de menos de
200.000, con más de 4000 empresas de propiedad china. Se cree que miles
de inmigrantes chinos están viviendo en la ciudad de manera ilegal,
trabajando hasta 16 horas por día para una red de mayoristas y talleres
que producen ropa barata.
Por lo tanto no tenemos que buscar la vida miserable de los nuevos
esclavos muy lejos, en los suburbios de Shanghai (o en Dubai y Qatar) e
hipócritamente criticar a China –la esclavitud puede estar aquí, en
nuestra casa, simplemente no la vemos (o, más bien, fingimos no verla).
Este nuevo apartheid de facto, esta explosión sistemática del número de
diferentes formas de esclavitud de facto, no es un accidente lamentable,
sino una necesidad estructural del capitalismo global de hoy. Esta es
quizás la razón por la cual los refugiados no quieren entrar en Arabia
Saudita. Pero los refugiados que entran a Europa se ofrecen para
convertirse en mano de obra barata, en muchos casos a costa de los
trabajadores locales que reaccionan ante esta amenaza uniéndose a los
populistas antiinmigrante. Para la mayoría de los refugiados,
convertirse en mano de obra barata europea sería sueño hecho realidad.
Los refugiados no son sólo escapan de sus tierras asoladas por la
guerra, sino que también están poseídos por un cierto sueño. Podemos ver
una y otra vez en nuestras pantallas refugiados en el sur de Italia,
que dejaron en claro que no quieren quedarse allí –que en su mayoría
quieren vivir en los países escandinavos–. ¿Y qué hay miles que acampan
alrededor de Calais que no están satisfechos con Francia, pero están
dispuestos a arriesgar sus vidas para entrar en el Reino Unido? Y ¿qué
pasa con las decenas de miles de refugiados en los países Balcánicos que
desean llegar a Alemania, al menos? Declaran este sueño como su derecho
incondicional, y exigen a las autoridades europeas no sólo comida
adecuada y atención médica, sino también el transporte hasta el lugar de
su elección. Hay algo enigmáticamente utópico en esta demanda
imposible: como si el deber de Europa fuera realizar su sueño, un sueño
que, por cierto, está fuera del alcance de la mayoría de los europeos
(¿cuántos europeos del este y del sur también preferirían vivir en
Noruega?). Se puede observar aquí la paradoja de la utopía: precisamente
cuando las personas se encuentran en situación de pobreza, angustia y
peligro, y uno esperaría que estarían satisfechas con un mínimo de
seguridad y bienestar, estalla la utopía absoluta. La dura lección para
los refugiados es que “no hay Noruega”, incluso en Noruega. Tendrán que
aprender a censurar sus sueños: en lugar de perseguirlos, en realidad,
deberían centrarse en cambiar la realidad.
Uno debe ser muy claro aquí: la idea de que la protección de una
forma específica de vida en sí misma es una categoría protofascista o
racista debe ser abandonada. Si no hacemos esto, abrimos el camino para
que la ola antiinmigrante que crece en toda Europa y cuya señal más
reciente es el hecho de que, en Suecia, el Partido Demócrata
antiinmigrante por primera vez superó a los socialdemócratas y se
convirtió en el partido más fuerte en el país. La reacción liberal de
izquierda estándar para esto es, por supuesto, una explosión de
moralismo arrogante: el momento en que demos alguna credibilidad al
motivo “protección de nuestro modo de vida”, ya comprometemos nuestra
posición dado que proponemos una versión más modesta de lo que los
populistas antiinmigrante abiertamente defienden. ¿No es esta la
historia de las últimas décadas? Partidos centristas rechazan el racismo
abierto de los populistas antiinmigrante, pero al mismo tiempo afirman
“entender las preocupaciones” de la gente común y promulgar una versión
más “racional” de la misma política.
Pero aunque hay un momento de la verdad en esta reacción, se debe
rechazar, sin embargo, la actitud humanitaria liberal de la izquierda
predominante. Las quejas que moralizan la situación –el mantra de
“Europa perdió la empatía, es indiferente hacia el sufrimiento de los
demás”, etc., no es más que el anverso de la brutalidad contra los
inmigrantes. Comparten la presuposición –que no es en modo alguno
evidente por sí misma– que una defensa de la propia forma de vida
excluye el universalismo ético. Uno por lo tanto debería evitar quedar
atrapado en el juego liberal de “cuánta tolerancia podemos darnos el
lujo de tener” -deberíamos tolerar si impiden que sus hijos vayan a
escuelas públicas, si obligan a sus mujeres a vestirse y comportarse de
una determinada manera, si planifican los matrimonios de sus hijos, si
se maltratan a los gays en sus filas... En este nivel, por supuesto,
nunca somos suficientemente tolerantes, o somos siempre –ya demasiado
tolerantes, descuidando los derechos de la mujer, etc–. La única manera
de salir de este punto muerto es ir más allá de la simple tolerancia de
los demás: no limitarnos a respetar a los demás, ofrecer una lucha
común, ya que nuestro problema hoy es común.
Otras formas de apartheid
Por lo tanto uno tiene que ampliar la perspectiva: los refugiados
son el precio de la economía global. En nuestro mundo global, los
productos circulan libremente, pero no las personas: están surgiendo
nuevas formas de apartheid. El tema de las paredes porosas, de la
amenaza de estar inundado por extranjeros, es estrictamente inmanente al
capitalismo global, es una muestra de la falsedad en el discurso de la
globalización capitalista. Es como si los refugiados quisieran extender
la libre circulación global de materias primas también a las personas.
Mientras que las grandes migraciones son un rasgo constante en la
historia de la humanidad, su principal causa en la historia moderna son
las expansiones coloniales: antes de la colonización, los países del
Tercer Mundo consistían básicamente de comunidades locales
autosuficientes y relativamente aisladas –fue la ocupación colonial, la
que quitó los rieles a esta forma de vida tradicional y que llevó a
renovadas migraciones a gran escala (también a través de la trata de
esclavos).
La ola actual de las migraciones en Europa no es una excepción. En
Sudáfrica, hay más de un millón de refugiados de Zimbabwe que están
expuestos a los ataques de los pobres locales porque les quitan su
trabajo. Y habrá más, y no sólo a causa de los conflictos armados, sino
por nuevos “estados canallas”, las crisis económicas, los desastres
naturales, el cambio climático, etc. Ahora se sabe que, después de la
catástrofe nuclear de Fukushima, las autoridades japonesas pensaron por
un momento en que la totalidad del área de Tokio –20 millones de
personas– tendrían que ser evacuadas. ¿En ese caso, a dónde hubieran
ido? ¿En qué condiciones? Se les debería dar un pedazo de tierra o
simplemente dispersarlos por el mundo? ¿Y qué pasaría si el norte de
Siberia se hiciera más habitable y apropiado para la agricultura,
mientras que las grandes regiones subsaharianas se volvieran demasiado
secas para que viva allí una gran población? ¿Cómo se organizará el
intercambio de población? Cuando cosas similares ocurrieron en el
pasado, los cambios sociales ocurrieron de manera espontáneamente
salvaje, con violencia y destrucción –tal perspectiva es catastrófica en
las condiciones actuales, con armas de destrucción masiva disponibles
para todas las naciones.
Por lo tanto, la principal lección que hay que aprender es que la
humanidad debería estar lista para vivir de una manera más “plástica” y
de forma más nómada: cambios locales o globales en el medio ambiente
pueden imponer la necesidad de inauditas transformaciones sociales a
gran escala. Una cosa está clara: la soberanía nacional tendrá que ser
redefinida radicalmente e inventados nuevos niveles de cooperación
global. ¿Y qué decir de los inmensos cambios en la economía y el consumo
debido a los nuevos patrones climáticos o la escasez de fuentes de agua
y de energía? ¿A través de qué procesos de decisión se decidirán y
ejecutarán esos cambios? Tendrán que romperse una gran cantidad de
tabúes y llevarse a cabo un conjunto de medidas complejas.
En primer lugar, Europa tendrá que reafirmar su pleno compromiso de
proporcionar medios para la supervivencia digna de los refugiados. No
debe haber ninguna concesión aquí: las grandes migraciones son nuestro
futuro, y la única alternativa a este compromiso es una barbarie
renovada (lo que algunos llaman “choque de civilizaciones”).
En segundo lugar, como consecuencia necesaria de este compromiso,
Europa debe organizarse e imponer reglas y regulaciones claras. El
control estatal de la corriente de los refugiados debe reforzarse
mediante una red administrativa vasta que abarque la totalidad de la
Unión Europea (para evitar barbaridades locales como las de las
autoridades de Hungría y Eslovaquia). Los refugiados deben ser
reasegurados de su seguridad, pero también debe quedar en claro que
ellos tienen que aceptar el lugar para vivir adjudicado por las
autoridades europeas, además de que tienen que respetar las leyes y
normas sociales de los estados europeos: ninguna tolerancia a la
violencia religiosa, sexista, o étnica en ningún lado, ningún derecho a
imponer a los demás la propia forma de vida o religión, el respeto a la
libertad de cada individuo para abandonar sus / sus costumbres
comunales, etc. Si una mujer opta por cubrir su rostro, su elección debe
ser respetada, pero si no opta por no cubrirlo, su libertad tiene que
ser garantizada. Sí, tal conjunto de reglas secretamente privilegia la
forma de vida de Europa Occidental, pero es un precio por la
hospitalidad europea. Estas reglas deben ser claramente expresadas y
aplicadas, por medio de medidas represivas (contra los fundamentalistas
extranjeros, así como en contra de nuestros propios racistas
antiinmigrantes) si es necesario.
En tercer lugar, tendrá que inventarse un nuevo tipo de
intervenciones internacionales: intervenciones militares y económicas
que evitarían trampas neocoloniales. ¿Qué pasa con las fuerzas de la ONU
garantizando la paz en Libia, Siria o el Congo? Los casos de Irak,
Siria y Libia demuestran cómo el tipo incorrecto de la intervención (en
Irak y Libia), así como la no intervención (en Siria, donde, bajo la
apariencia de la no intervención, los poderes externos de Rusia a Arabia
Saudita están totalmente comprometidos) terminan en el mismo punto
muerto.
En cuarto lugar, la tarea más difícil e importante es un cambio
económico radical que debería abolir las condiciones que generan
refugiados. La causa última de la llegada de los refugiados en sí misma
es el capitalismo global actual y sus juegos geopolíticos, y si no lo
transformamos radicalmente, los inmigrantes procedentes de Grecia y
otros países europeos se unirán pronto a los refugiados africanos.
Cuando yo era joven, tal intento organizado para regular commons era
llamado comunismo. Tal vez, deberíamos reinventarlo. Quizás sea, a largo
plazo, nuestra única solución.
¿Es todo esto una utopía? Tal vez, pero si no lo hacemos, entonces estamos perdidos.
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-281407-2015-09-11.html