jueves, 10 de septiembre de 2015

UE- La reacción ante el drama de los refugiados: una puesta a prueba para nuestra humanidad

10-8-15 Sin Permiso

Robert Fisk ·Robert Fisk es el corresponsal del diario británico The Independent en Oriente Medio

La Gran Muralla china, las murallas de Roma y de cualquier otra ciudad del Medievo, la Línea Sigfrido, la Línea Maginot, el Muro atlántico… Las naciones (imperios, dictaduras o democracias) han empleado cualquier cordillera y río para mantener alejados a los ejércitos extranjeros. Ahora nosotros, los europeos, tratamos a las masas empobrecidas y hacinadas, los realmente inocentes de Siria e Irak, Afganistán y Etiopía, como si se tratasen de invasores foráneos decididos a arrebatar y someter nuestra soberanía, nuestra patria, nuestra fecunda y apacible tierra.
Alambrada de púas a lo largo de la frontera húngara, alambrada de púas en Calais… ¿Acaso los europeos hemos perdido la única victoria obtenida en la Segunda Guerra Mundial: la compasión?
Dado que el último cliché de la prensa sensacionalista es decirle al mundo que la “crisis” de los refugiados es la mayor desde la guerra, me acordé de la reacción de Winston Churchill ante las columnas de refugiados alemanes que huían por las nevadas tierras de Europa oriental en 1945, frente a la represalia del ejército soviético. Estos, recuerden, eran civiles del Tercer Reich; aquellos que otorgaron el poder a Hitler y que se regocijaban de los salvajes genocidios y de las victorias militares que la Alemania nazi había llevado a cabo contra naciones pacíficas. Eran el pueblo de una nación culpable que vagaba hacia el año cero.
Han pasado años desde que leí la carta que Churchill escribió a su mujer, Clementine, durante su viaje a la conferencia de Yalta en febrero de 1945. No obstante, este fin de semana decidí releerla, y he aquí la parte fundamental: “Soy libre de confesarte que mi corazón se encuentra apenado por los relatos de las masas de mujeres y niños alemanes que marchan por las carreteras en columnas de más de 60 kilómetros en dirección al Oeste, perseguidos por las tropas que avanzan. Estoy profundamente convencido de que se lo merecen, pero eso no hace que uno no sienta enojo al observarlo. Las miserias del mundo me horrorizan y cada vez más temo que nuevas luchas surgirán de aquellas a las que propiciamente estamos poniendo fin”. Churchill hubiera llamado “magnanimidad” a ese sentimiento. Era compasión.
Sorprendentemente, Alemania (la nación de la que decenas de miles de refugiados huyeron antes de la Segunda Guerra Mundial y de cuyas tropas escaparon millones de personas después del comienzo del conflicto) es ahora el destino más elegido por los cientos de miles de civiles abigarrados que recorren un largo trayecto por Europa. La generosidad de Alemania alumbra como un faro, si la comparamos con la reacción del primer ministro británico y sus compinches. ¿Es que David Cameron no ha leído nunca a Churchill? ¿O ha leído demasiado de Tennyson? Hay un verso de Ulises de Tennyson que le gusta citar: “Luchar, buscar, encontrar y no ceder”. Estas palabras fueron inscritas en un muro de la ciudad deportiva de Londres durante los Juegos Olímpicos de 2012. Pero me pregunto si encontrará el mismo placer en el soneto favorito del propio Tennyson, Montenegro, en el que el laureado poeta victoriano se deleita ante la imagen de los soldados montenegrinos “haciendo retroceder la plaga/ del Islam turco…”. Una buena palabra, “plaga”. “Es un buen señuelo, pero no vale como engorde”, tal como el propio Churchill advertía en un mensaje dirigido a Hitler durante la preguerra con respecto al desprecio del Fuhrer hacia otro pueblo, ignorante y bárbaro.
Hace más de 30 años, en Jerusalén, conocí al príncipe de los periodistas, James Cameron. Él había defendido la cobertura informativa que realicé sobre Irlanda del Norte y, por lo tanto, era un héroe para mí; pero al igual que Churchill, era un hombre de gran compasión. Su recuerdo vino a mi memoria no hace mucho, cuando denunciaba la situación de otro grupo de niños refugiados provenientes de Siria que me habían estado siguiendo por una calle de Beirut. Hace casi 40 años, Cameron había informado para la BBC sobre otra ola de refugiados que buscaban salvarse en embarcaciones no aptas para la navegación.
“Hubiera sido una concesión periodística deshonesta denominar boat people [1] a los refugiados vietnamitas. Suena casi agradable, como si fuesen personas de vacaciones en un crucero. Los refugiados son fugitivos, perseguidos, víctimas, los perdidos y solitarios… Refugiados judíos, refugiados árabes, refugiados alemanes, refugiados indios, refugiados paquistaníes, refugiados rusos, refugiados bangladesís, refugiados coreanos”, escribió el periodista. Cameron rememoró los hugonotes del siglo XVII que huyeron a Gran Bretaña y los judíos perseguidos que escaparon de Europa oriental a Estados Unidos a principios del siglo XX.
Entonces, James Cameron hizo una reflexión que el otro Cameron, Primer Ministro, hubiera suscrito: “en aquella época el mundo era un lugar bastante vacío; había sitio para extranjeros desamparados casi en cualquier lugar. Ahora, cualquier sitio en el que un extranjero desee refugiarse está ya sobrepoblado y tiene sus propios problemas”. Además, algunos refugiados “son avariciosos, algunos están salvando el pellejo y otros tan solo siguen al rebaño. Pero todavía no he conocido a ningún bebé refugiado que haya dejado su hogar, sino por obligación”. No hubo ningún “mandato divino”, aseveró Cameron, “eso quiere decir que uno debe quedarse en el lugar donde nace”.
¿Acaso los seguidores de Moisés no eran refugiados, y así fueron durante 2.000 años, hasta que otro pueblo pasó a sufrir su éxodo?
Una ironía única de nuestra tragedia contemporánea es que un buque militar irlandés ha estado salvando las vidas de miles de refugiados naufragados a pocas millas de la costa libia. Hace un siglo y medio, el éxodo irlandés, causado por la hambruna, arrastraba a los refugiados hacia las costas de Canadá, donde navíos repletos de hombres, mujeres y niños que se morían o que ya se habían muerto de tifus eran recibidos con compasión, pero también con miedo a que su epidemia contaminase las provincias marítimas de Canadá.
Fue Pól Ó Muirí, el editor en lengua irlandesa de The Irish Times, cuyo propio padre fue un emigrante y trabajador de la construcción en Gran Bretaña, quien señaló la semana pasada que habían sido muchos los irlandeses que colaboraron en la construcción del túnel del Canal y que hoy “los migrantes se encuentran en el otro lado, intentando salir adelante”.
Cierto, “algo tenemos que hacer” con los refugiados, asintió Ó Muirí de manera retórica. Pero, entonces añadió: “todo este asunto asusta un poco, ¿verdad? Todas esas personas lanzándose contra las vallas en la entrada del túnel que los irlandeses ayudaron a construir… Cuando la cámara retrocedió y mostró a aquellos hombres de pie, observando, con toda la dignidad que podían reunir, me di cuenta de que lo que estaba viendo era mi padre en Inglaterra… ¿Tú también ves a tu familia en sus caras? Fíjate un poco, no tengas miedo”.
Como se suele decir, la necesidad no conoce leyes. Tampoco la compasión.
Nota del t.: Boat people (literalmente, “gente del barco”) es el nombre con el que comúnmente se denominó a los refugiados vietnamitas que huyeron de su país tras la  guerra que terminó en 1975.


Traducción para www.sinpermiso.info: José Manuel Sío Docampo


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